CONCEBIDA EN UNA VIOLACIÓN

Darlene Pawlik – NH

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Me llamo Darlene Pawlik. Mi padre es un violador en serie.

En el año 1966, Claire tenía 16 años. Un chico nuevo de la escuela la invitó a ir al cine y, como era encantador, sus padres le dieron permiso. A la vuelta, el joven propuso que tomaran un atajo y la violó en un terraplén que había entre el cine y su casa.

Estaba tan avergonzada que no se lo contó a nadie pero, cuando advirtió que estaba embarazada, se confió a su madre aunque sin prodigarse en detalles ya que, en su fuero interno, entendía que era un asunto que les incumbía sólo a ellos. Debido a la presión del entorno social del momento se casó con el chico y vivían en la misma zona. El joven tenía una gran habilidad para camelarse a la gente pero, en realidad, era violento y su familia fría y desalmada.

Durante los dos años en que vivieron en un cobertizo propiedad de su familia la violaba continuamente pero ella no dijo nada a nadie hasta que se quedó embarazada por segunda vez. Entonces, Claire advirtió a su madre de que se quitaría la vida si no la sacaba  de allí.

Supe los detalles de mi concepción cuando era aún muy joven. Mi madre venía de un hogar desestructurado y tenía muchos problemas. Nos solíamos mudar de casa todos los años e incluso siguió siendo así cuando se casó con su segundo marido. También descubrí que mi padre había violado a otras chicas.

Mi infancia fue difícil. Mi hermana y yo pasábamos fines de semana con la familia de nuestro padre y él abusaba de nosotras incluso con la aquiescencia de su familia que, mediante amenazas, nos asustaba y nos conminaba a guardar silencio. Mi madre no era consciente de todo esto.

Fuimos víctimas de abusos durante años. Mi hermana y yo estamos contentas por haber sobrevivido, por no haber sido abortadas y agradecidas a nuestra madre que  apostó por nuestra vida. Durante mi adolescencia me escapé, me raptaron y vendieron, traficaron conmigo, me violaron y golpearon y caí en las drogas y el alcohol. Pululé por las calles taciturna y con la carencia de un padre a quién yo voluntariamente repudiaba porque era un violador. Me daba la impresión de que toda la ciudad sabía de su brutalidad.

No me planteé cambiar de vida hasta que me quedé embarazada. El padre de mi bebé era un hombre casado, un mafioso del crimen organizado. Yo para él era tan sólo un pasatiempo más, una de las muchas chicas que le proporcionaba un proxeneta. Me amenazó con matarme si no abortaba y yo que sabía que era capaz concerté la cita delante de él.

Pero aquella noche soñé con el procedimiento de un abortó y vi con nitidez que era aterrador. Así que me las ingenié para fingir que había abortado y actué como si la interrupción se hubiese llevado a cabo. Él insistió en llevarme a cenar y, aunque estaba aterrada ante la idea de que lo pudiera descubrir, tuve que aceptar. Le pedí que, después del trago que había pasado, me dejara marchar y él convencido de que había abortado,  me lo permitió.

Nuestras vidas no son menos valiosas que las que vienen de un acto de amor. Tengo cinco hijos y dos nietos. Mis hijos son personas normales que trabajan y yo misma he servido a la sociedad de muchas y variadas maneras durante los 25 años en que he trabajado de enfermera.

Rechazo totalmente la idea que tiene la sociedad de que una mujer violada debe abortar. A los violadores, como mi padre, no los persiguen y los condenan a la pena de muerte por su crimen y, sin embargo, al niño inocente fruto de esa violación, sí. A la gente le parece normal  matar  al niño que como yo o tantos otros fue concebido en una violación y esto es un sin sentido.

Es abominable animar a una madre violada a que aborte. El hijo que espera no es sólo el hijo de un violador sino que es su propio hijo. Matar a ese niño es un crimen. La mujer ya ha sido suficientemente ultrajada, su dignidad rota por un violador, para que además sea nuevamente atacada cuando se la pretende despojar de esa maternidad. Añadir al trauma de una violación la atrocidad de un aborto es incrementar su dolor. La gestación es temporal. La madre que da a luz y entrega a su hijo en adopción puede respirar tranquila porque ha hecho lo correcto.

El mundo es muy variopinto, plagado de dolor, luchas y sin sabores pero, a la vez, lleno de bondad, felicidad y paz para quién se esfuerza en encontrarlo. Dios tiene un plan para todos nosotros con independencia de las circunstancias de nuestra concepción y de las decisiones equivocadas o acertadas que hayamos tomado. Mientras vivamos siempre tendremos la posibilidad de un cambio, de una conversión y de un mañana mejor.

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